"Quiero dejar de sentir": la importancia de las emociones
"No quiero seguir sintiendo esto." Es una frase que escucho con frecuencia en
psicoterapia.
Lo queramos o no, estamos constantemente experimentando emociones.
Algunas nos resultan agradables y tendemos a buscarlas; otras generan malestar y
hacemos todo lo posible por evitarlas. Sin embargo, esto no significa que existan
emociones "buenas" o "malas". Todas cumplen una función.
Entonces, ¿Qué son las emociones? ¿Para qué sirven? ¿Cuándo dejan de ser adaptativas?
¿Y cómo se trabajan en psicoterapia?
¿Qué son las emociones?
Las emociones son respuestas psicológicas y fisiológicas frente a aquello que vivimos. Nos informan cómo nos afecta el entorno y qué está ocurriendo en nuestro mundo interno. Cumplen una función biológica, psicológica y social: nos preparan para actuar, favorecen la adaptación al medio, comunican nuestro estado emocional y orientan nuestra conducta.
Las emociones están siempre presentes, aunque no siempre se expresan de la misma manera. Su intensidad y la forma en que las vivimos dependen de múltiples factores, como nuestra personalidad, historia, experiencias previas y recursos para afrontarlas.
¿Y los sentimientos?
Aunque solemos utilizar ambos conceptos como sinónimos, no son exactamente lo mismo. Las emociones son respuestas relativamente breves e inmediatas frente a un estímulo. Los sentimientos, en cambio, corresponden a la experiencia subjetiva que construimos a partir de esas emociones y suelen mantenerse durante más tiempo. Son estados más estables y elaborados, relacionados con la manera en que interpretamos lo que vivimos.
No necesitamos dejar de sentir
Muchos pacientes llegan a terapia cansados de experimentar determinadas emociones. Quisieran dejar de sentir tristeza, miedo, rabia o ansiedad. Sin embargo, el objetivo no es dejar de sentir. De hecho, perder la capacidad de experimentar emociones sería profundamente perjudicial ya que las emociones nos entregan información, nos orientan respecto de lo que necesitamos y nos ayudan a responder frente a la realidad.
Si no sintiéramos miedo, probablemente no nos protegeríamos del peligro. Si nunca sintiéramos rabia, nos costaría poner límites. Si no sintiéramos tristeza, sería muy difícil elaborar las pérdidas.
Por eso, en psicoterapia no buscamos eliminar las emociones, sino comprenderlas, aceptarlas y aprender a relacionarnos con ellas de una manera más saludable.
Cuando sentir se vuelve un problema
Las dificultades aparecen cuando una emoción deja de cumplir su función adaptativa. Esto puede ocurrir cuando su intensidad es excesiva, cuando permanece durante demasiado tiempo, cuando aparece en situaciones que no lo justifican o cuando nos lleva a actuar de maneras que terminan perjudicándonos. Por ejemplo, la ansiedad nos prepara para enfrentar posibles amenazas, pero cuando aumenta hasta desbordarnos puede paralizarnos o desencadenar una crisis de pánico.
Lo mismo ocurre con emociones que solemos considerar agradables. La alegría, el entusiasmo o el deseo también pueden volverse problemáticos cuando pierden proporción con la realidad o favorecen conductas impulsivas o riesgosas. No son las emociones en sí mismas las que enferman, sino la forma en que las experimentamos, las regulamos y actuamos a partir de ellas.
¿Cómo intentamos regularlas?
Cuando una emoción resulta demasiado intensa solemos buscar maneras de disminuirla. Algunas estrategias son saludables: conversar con alguien, descansar, escribir, hacer deporte o pedir ayuda.
Otras, en cambio, alivian momentáneamente el malestar, pero terminan manteniéndolo o agravándolo. Entre ellas encontramos el consumo de alcohol o drogas, las autolesiones, el aislamiento, la impulsividad o incluso el exceso de trabajo.
También es frecuente que transformemos una emoción en otra que nos resulta más tolerable. Muchas veces, por ejemplo, detrás de la rabia existe una profunda tristeza. La rabia permite descargar tensión, dirigir la atención hacia el exterior y defendernos. La tristeza, en cambio, nos conecta con la pérdida, la vulnerabilidad y la necesidad de detenernos. Por eso, en psicoterapia, pasar de la rabia a la tristeza muchas veces constituye un avance, aunque inicialmente el paciente lo viva como un retroceso.
La función de la tristeza
Vivimos en una cultura que nos invita permanentemente a evitar el dolor. Sin embargo, la tristeza cumple una función fundamental. Nos ayuda a aceptar aquello que no podemos cambiar, favorece la introspección, permite elaborar las pérdidas e integrar las experiencias difíciles. Sentir tristeza no siempre significa estar deprimido; muchas veces significa simplemente estar respondiendo de manera saludable a una realidad dolorosa.
¿Cómo trabajamos las emociones en psicoterapia?
La terapia ofrece un espacio donde las emociones pueden desplegarse sin ser juzgadas. El primer paso consiste en identificarlas y ponerles nombre. Luego buscamos comprender qué las está provocando, qué función cumplen y qué intentan comunicar.
También exploramos las estrategias que hemos desarrollado para regularlas: cuáles favorecen nuestro bienestar y cuáles terminan manteniendo el sufrimiento.
Paralelamente, trabajamos sobre aquello que da origen a la emoción. No basta con aliviar el síntoma; buscamos comprender el conflicto que lo sostiene para favorecer cambios más profundos y duraderos.
Comprender para transformar
La palabra emoción proviene del latín emovere, que significa "poner en movimiento". Las emociones existen para movilizarnos.
Cuando podemos comprenderlas, dejan de convertirse en un obstáculo y pasan a transformarse en una fuente de información sobre nosotros mismos.
La psicoterapia ofrece justamente ese espacio: un lugar donde sentir no constituye un problema, sino el punto de partida para comprender nuestra historia, desarrollar nuevas formas de enfrentar la vida y relacionarnos de una manera más saludable con nosotros mismos y con los demás.

