Importancia de la psicoeducación
Comprender lo que nos ocurre suele ser, en sí mismo, una fuente de alivio. Ponerle nombre a aquello que sentimos y entender por qué nos pasa nos ayuda a darle sentido a nuestra experiencia. Muchas veces, al vernos reflejados en lo que leemos, nos sentimos menos solos, más comprendidos y acompañados.
Contar con información confiable sobre salud mental nos permite conocernos mejor, desarrollar recursos para afrontar las dificultades y regular nuestras emociones de manera más efectiva. Todo ello contribuye a nuestro bienestar y favorece una relación más saludable con nosotros mismos.
La psicoeducación también nos ayuda a identificar señales de alerta, evitando tanto minimizar un problema como interpretar cualquier malestar como un trastorno. Nos entrega herramientas para comprender lo que estamos viviendo y enfrentarlo de mejor manera, mientras avanzamos en un proceso de cambio terapéutico.
Leer e informarse puede ser, además, una oportunidad para tomar conciencia de nuestro estado emocional y reconocer cuándo es necesario buscar ayuda profesional.
Temas de interés
¿Es importante comunicar un diagnóstico?

Recibir un diagnóstico puede generar alivio, incertidumbre, miedo o incluso rechazo. Para algunas personas significa, por fin, ponerle nombre a aquello que han estado sintiendo durante mucho tiempo. Para otras, puede vivirse como una etiqueta que parece definirlas. Pero ¿qué es realmente un diagnóstico? Desde una perspectiva clínica, un diagnóstico corresponde al nombre que recibe un conjunto de signos y síntomas presentes en una persona en un momento determinado. Es una herramienta que orienta el tratamiento, facilita la comunicación entre profesionales y permite conocer qué intervenciones han demostrado ser útiles para esa condición. Sin embargo, un diagnóstico nunca reemplaza la comprensión de la persona que lo porta. Cada paciente expresa un mismo diagnóstico de manera diferente. Existen casos "de libro", pero los tratamientos nunca lo son. La historia personal, la personalidad, las relaciones, los recursos psicológicos y el momento vital hacen que una depresión, un trastorno de ansiedad o un trastorno de personalidad nunca sean exactamente iguales entre dos personas. Además, todos experimentamos síntomas psicológicos en distintos momentos de la vida sin que ello signifique necesariamente padecer un trastorno mental. Sentirse triste, ansioso o irritable puede formar parte de una reacción esperable frente a determinadas circunstancias. Por eso, en psicoterapia el diagnóstico no constituye el objetivo principal. Más importante que la etiqueta es comprender cómo vive cada persona su malestar, qué función cumplen esos síntomas y qué significado adquieren dentro de su historia. En ocasiones, contar con un diagnóstico ayuda a disminuir la culpa. Muchas personas dejan de pensar que "algo está mal en mí" y comienzan a comprender que aquello que les ocurre tiene explicación y tratamiento. En ese sentido, ponerle nombre al sufrimiento puede ser el primer paso para dejar de enfrentarlo en soledad. El diagnóstico no define quién eres. Es solo un punto de partida para comprender lo que estás viviendo y orientar el camino terapéutico.
Sexualidad consciente

A lo largo de mi experiencia clínica he observado que existen dos aspectos de la vida cotidiana que con frecuencia reflejan cómo nos encontramos emocionalmente: cómo dormimos y cómo vivimos nuestra sexualidad. Rara vez constituyen el motivo principal de consulta. Sin embargo, suelen aparecer como parte del malestar del paciente o cobrar relevancia a medida que avanza el proceso terapéutico. En esta ocasión quiero detenerme en la sexualidad, porque es un tema que, de una u otra forma, nos atraviesa a todos. No existe persona —ni pareja— que no haya enfrentado dudas, dificultades o conflictos relacionados con ella en algún momento de su vida. La sexualidad va mucho más allá del acto sexual. Se relaciona con la autoestima, la imagen corporal, la historia personal, la crianza, las experiencias afectivas, la comunicación, la identidad y la forma en que nos vinculamos con nosotros mismos y con los demás. Muchas veces las dificultades sexuales no constituyen el problema en sí mismo, sino la manifestación de algo más profundo. Por ejemplo, el estrés puede traducirse en dificultades de erección; una educación marcada por la culpa puede impedir disfrutar de la sexualidad; la depresión suele acompañarse de una disminución del deseo sexual; y los problemas de comunicación dentro de la pareja pueden terminar afectando la intimidad. Cada persona vive su sexualidad de manera única. No existe una única forma "correcta" de experimentarla. Sin embargo, sí existen factores culturales, familiares y personales que condicionan la manera en que la vivimos y que, muchas veces, limitan nuestra capacidad para disfrutarla de forma libre y consciente. Con el objetivo de profundizar en este tema, quiero compartir una conferencia de Borja Vilaseca, quien aborda la sexualidad desde una mirada reflexiva, cercana y con mucho humor. A través de un lenguaje sencillo, invita a cuestionar muchas de las creencias que hemos aprendido sobre el sexo y las relaciones. Entre los temas que desarrolla se encuentran: La falta de educación sexual. La influencia de la cultura, la religión, los prejuicios y el machismo. La tendencia a reducir la sexualidad únicamente a la penetración, dejando de lado otras formas de encuentro e intimidad. El impacto del estrés, la rutina y la búsqueda constante de inmediatez. Las expectativas irreales y las fantasías que muchas veces condicionan nuestras relaciones. La importancia de la comunicación, el autoconocimiento y el conocimiento del propio cuerpo. Te invito a verlo, ya sea de manera individual o en pareja, como una oportunidad para reflexionar sobre la forma en que vives tu propia sexualidad y sobre aquellos aspectos que quizás nunca te habías detenido a cuestionar. La sexualidad es una dimensión importante de la salud mental y del bienestar. Hablar de ella sigue siendo difícil para muchas personas, pero comprender cómo la vivimos puede abrir la puerta a conocernos mejor, fortalecer nuestras relaciones y reconocer aspectos de nosotros mismos que muchas veces permanecen invisibles.
Crisis de pánico

¿Qué son las crisis de pánico? ¿Cómo se viven? ¿Cómo ayudar a quien las está experimentando? Las crisis de pánico —también llamadas ataques de pánico o crisis de angustia— son episodios de ansiedad intensa que aparecen de forma brusca y se acompañan de síntomas físicos muy intensos. Quienes las experimentan suelen describir palpitaciones, sensación de falta de aire, dolor u opresión en el pecho, mareos, hormigueo en las extremidades, náuseas, sudoración o temblores. A esto se suma un miedo intenso, muchas veces acompañado de la sensación de que algo terrible está por ocurrir: desmayarse, perder el control, volverse loco o incluso morir. Para quien vive una crisis por primera vez, la experiencia suele ser tan intensa que es frecuente pensar que se trata de un infarto u otra urgencia médica, motivo por el cual muchas personas consultan inicialmente en un servicio de urgencias. Cuando las crisis comienzan a repetirse, aparece con frecuencia otro problema: el miedo a que vuelvan. Como consecuencia, algunas personas empiezan a evitar determinados lugares o situaciones donde creen que podría desencadenarse una nueva crisis, limitando progresivamente su vida cotidiana. ¿Por qué ocurren? No existe una única explicación para las crisis de pánico. Desde una perspectiva psicodinámica, muchas veces pueden comprenderse como la expresión de una ansiedad que ha sobrepasado la capacidad de la persona para elaborarla o ponerla en palabras. En algunos casos aparecen durante períodos de alto estrés o frente a situaciones vividas como especialmente amenazantes. En otros, parecen surgir cuando se ha acumulado tensión emocional durante mucho tiempo sin encontrar una vía de expresión. Aunque la experiencia resulta profundamente angustiante, una crisis de pánico no es peligrosa en sí misma. Lo que ocurre es que el sistema nervioso entra en un estado de máxima activación, desencadenando una intensa respuesta física que suele dejar a la persona agotada una vez que termina. Muchas personas aprenden estrategias para sobrellevar las crisis, pero eso no siempre significa que el problema haya sido resuelto. Cuando el origen de la ansiedad permanece intacto, es frecuente que las crisis reaparezcan frente a nuevas situaciones de estrés o ante estímulos que la mente ha asociado con experiencias previas de ansiedad. Una crisis aislada no implica necesariamente un trastorno de pánico. Sin embargo, cuando las crisis se repiten y el temor a volver a experimentarlas comienza a afectar la vida cotidiana, es importante buscar ayuda profesional. ¿Cómo ayudar a alguien que está viviendo una crisis de pánico? Quien está atravesando una crisis de pánico se encuentra emocionalmente sobrepasado. En ese momento le resulta muy difícil pensar con claridad, ya que toda su atención está centrada en las intensas sensaciones físicas y en el miedo que estas generan. Lo más importante es mantener la calma y transmitir seguridad. No es necesario minimizar lo que la persona siente ni decirle que "se tranquilice". Para ella, la experiencia es completamente real y muy angustiante. Puede ser útil hablar con un tono de voz pausado y decir frases sencillas como: "Estoy contigo." "Esto va a pasar." "Sé que se siente muy intenso, pero estás a salvo." "Respiremos juntos." Guiar la respiración lentamente también suele ayudar. Respirar de manera lenta y profunda envía señales al sistema nervioso de que el peligro ha pasado, favoreciendo que el organismo vuelva progresivamente a un estado de mayor calma. En algunas personas también resulta útil favorecer el contacto con el entorno: observar objetos alrededor, sentir el apoyo de los pies en el suelo o describir lo que ven y escuchan. Estas estrategias ayudan a disminuir la sensación de quedar atrapados en la propia ansiedad. Cada persona es distinta. Algunas agradecerán que les tomen la mano o permanezcan cerca; otras preferirán contar con más espacio. Lo importante es acompañar sin invadir y transmitir seguridad durante todo el episodio. ¿Las crisis de pánico tienen tratamiento? Sí. Las crisis de pánico tienen tratamiento y, en la gran mayoría de los casos, presentan un muy buen pronóstico. La psicoterapia permite comprender qué está sosteniendo la ansiedad, desarrollar nuevas formas de enfrentarla y disminuir progresivamente la frecuencia e intensidad de las crisis. En algunos casos también resulta recomendable complementar el tratamiento con evaluación psiquiátrica. Los medicamentos pueden ser una herramienta útil para controlar niveles elevados de ansiedad, especialmente cuando las crisis son muy frecuentes o generan un importante deterioro en la vida cotidiana. Esto no reemplaza el trabajo psicoterapéutico, pero muchas veces facilita que la persona pueda realizarlo en mejores condiciones. El objetivo no es únicamente que las crisis desaparezcan, sino comprender por qué aparecieron y desarrollar recursos que permitan enfrentar el malestar de una manera más saludable y duradera.
El diagnóstico en la psicoterapia

En psicoterapia, el diagnóstico no es una conclusión definitiva, sino una hipótesis clínica que puede ir modificándose a medida que conocemos mejor al paciente. Durante las primeras sesiones recopilamos información sobre la historia personal, la forma en que aparecieron los síntomas, las relaciones significativas, los antecedentes médicos y muchos otros aspectos que permiten comprender el malestar de manera más amplia. Por eso hablamos de hipótesis diagnósticas e hipótesis comprensivas. Con frecuencia, los síntomas iniciales no muestran toda la complejidad del cuadro clínico. Por ejemplo, una persona puede consultar por síntomas depresivos y, con el paso del tiempo, evidenciar un trastorno bipolar cuando aparece un episodio hipomaníaco o maníaco que inicialmente no era evidente. Del mismo modo, una sintomatología ansiosa puede estar relacionada con un duelo, una crisis vital o un trastorno de personalidad que solo logra comprenderse en profundidad conforme avanza el proceso terapéutico. También es habitual confundir rasgos de personalidad con síntomas clínicos. Distinguir ambos aspectos resulta fundamental, ya que influye directamente en el tipo de tratamiento que cada persona necesita. No siempre es posible, ni necesario, entregar un diagnóstico durante las primeras sesiones. La evaluación también forma parte del proceso terapéutico. Con frecuencia llegan pacientes profundamente angustiados por un diagnóstico recibido en una única consulta o, por el contrario, personas que llevan años sintiendo que "siempre han sido así", sin haber recibido nunca una evaluación adecuada. Frases como "siempre he sido melancólico", "yo soy muy irritable" o "esa es mi personalidad" pueden reflejar que ciertos síntomas han terminado incorporándose a la identidad de la persona. En estos casos, uno de los objetivos de la psicoterapia consiste en diferenciar aquello que forma parte de la personalidad de aquello que constituye un sufrimiento susceptible de cambiar. La comunicación del diagnóstico también requiere cuidado. No se trata únicamente de informar un nombre, sino de ayudar al paciente a comprender qué significa, qué implicancias tiene y, sobre todo, qué no significa. Un diagnóstico no determina el futuro ni limita las posibilidades de cambio. Por eso, en terapia el diagnóstico siempre va acompañado de psicoeducación, permitiendo comprender el problema sin caer en etiquetas, prejuicios o explicaciones simplistas.
La depresión más allá de los criterios diagnósticos: la vivencia real

La depresión suele asociarse con tristeza, pero en la práctica clínica puede manifestarse de muchas maneras. Algunas personas lloran constantemente; otras, en cambio, sienten un profundo vacío, apatía o irritabilidad. Los manuales diagnósticos, como el DSM-5, establecen criterios que ayudan a identificar un episodio depresivo. Entre ellos se encuentran: estado de ánimo deprimido la mayor parte del tiempo; pérdida del interés o del placer por actividades que antes resultaban agradables; cambios importantes en el sueño o el apetito; cansancio persistente; dificultad para concentrarse; sentimientos de inutilidad o culpa excesiva; enlentecimiento o agitación psicomotora; pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio. Sin embargo, los pacientes rara vez describen sus síntomas utilizando estos términos. Con mucha más frecuencia dicen cosas como: "No puedo levantarme de la cama." "Todo me pesa." "Nada me entretiene." "Me da lo mismo todo." "Me gustaría desaparecer." "A veces pienso que sería mejor no despertar." Estas frases permiten comprender cómo se vive realmente la depresión desde la experiencia subjetiva de quien la padece. Desde una perspectiva psicoterapéutica, el objetivo no consiste únicamente en disminuir los síntomas. También buscamos comprender por qué aparecieron, qué función cumplen y qué están intentando expresar. En psicoanálisis entendemos el síntoma como una forma —generalmente inconsciente— de responder a un conflicto que aún no ha encontrado otra manera de resolverse. Por eso, aliviar el sufrimiento es importante, pero comprender su origen permite generar cambios más profundos y duraderos. Así como la fiebre nos indica que algo ocurre en el organismo, los síntomas psicológicos también nos hablan de un malestar. El síntoma no es el problema en sí mismo: es la señal que nos invita a mirar aquello que necesita ser comprendido.

"Pasan los días y sigo sintiéndome igual"
Sobre la expectativa de la terapia y el proceso de cambio.
Pacientes que han comenzado recientemente una psicoterapia suelen, con frustración o queja, señalar “Siento que estoy peor” “Todo sigue igual”. Durante las primeras sesiones hay pacientes que sienten mucho alivio, pero otros pueden sentirse igual (incluso peor!). Esto es esperable cuando el paciente empieza a enfrentar la realidad y a desahogar el sentir que tuvo contenido por mucho tiempo. Hablar del tema con alguien lo hace real, y eso puede generar sentimientos de vulnerabilidad.
Cuando se asiste a terapia se tiene una fantasía de cura, es decir, una idea de cómo será sanar. Esta idea puede ser consciente o no, pero está instalada pudiendo frustrar mucho al paciente si no coincide con lo que esperaba. No alcanzar esa expectativa se vive como un autorreproche a la propia imagen o como una insuficiencia para el otro, lo cual genera tristeza y ansiedad. La ansiedad por lograr un cambio nos mantiene expectante de resultados y eso impide enfocarnos en el proceso (sobre todo en pacientes que consultan por ansiedad!). Lo anterior puede implicar que aparezcan quejas contra el psicólogo y el proceso, e incluso que se abandone la psicoterapia.
Si bien pareciera que no se está avanzando porque el paciente se siente igual, hay que tener en cuenta que los cambios en el sentir toman tiempo. ¡Se puede llevar toda la vida funcionando de una manera, entonces no conocemos otra forma y nos incomoda salir de esta "zona de confort" aunque sea esta misma la que nos está perjudicando. Primero se suelen experimentar cambios puntuales y alivio momentáneo, y luego cambios en la forma en que se ven las cosas. Los cambios más profundos se ven a largo plazo.
Por otra parte, puede estar pasando que el paciente no ve los cambios o no los identifica como tal porque sigue sintiendo dolor. Por ejemplo, no valora que el hecho de estar atreviéndose a hablar ya es más de lo que se venía haciendo, o puede pensar que pasar de la rabia a la tristeza es un retroceso, sin embargo, esto es un avance. El terapeuta, desde afuera, sí logra ver los cambios y le mostrará, por ejemplo que, si bien la tristeza sigue presente, está pudiendo hacer muchas cosas que antes no podía, aún con la tristeza, y eso es estar cambiando.
Para reflexionar: culpa, autoacepción y cambio
Este video nos muestra una escena de la serie Breaking Bad que habla sobre la voz interior que acompaña la baja autoestima, la falta de autoaceptación y los sentimientos de culpa. En ella vemos a Jesse, un traficante poliadicto atormentado por todo el daño que ha hecho, que vive intoxicado en drogas para poder aplacar esa voz.
Jesse asiste por primera vez a terapia grupal en contexto de rehabilitación de drogas.
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Escena para reflexionar sobre la voz que acompaña la baja autoestima, la falta de autoaceptación y los sentimientos de culpa. En ella se muestra a Jesse, un traficante poliadicto que ha estado involucrado en muertes y ha hecho daño a mucha gente, que asiste terapia grupal en contexto de rehabilitación.
A lo largo de mi experiencia clínica he observado que existen dos aspectos de la vida cotidiana que con frecuencia reflejan cómo nos encontramos emocionalmente: cómo dormimos y cómo vivimos nuestra sexualidad. Rara vez constituyen el motivo principal de consulta. Sin embargo, suelen aparecer como parte del malestar del paciente o cobrar relevancia a medida que avanza el proceso terapéutico. En esta ocasión quiero detenerme en la sexualidad, porque es un tema que, de una u otra forma, nos atraviesa a todos. No existe persona —ni pareja— que no haya enfrentado dudas, dificultades o conflictos relacionados con ella en algún momento de su vida. La sexualidad está profundamente relacionada con distintas áreas de nuestra vida: la autoestima, la relación con el propio cuerpo, la crianza, las experiencias afectivas, la comunicación, la identidad y la manera en que nos vinculamos con los demás. Muchas veces, las dificultades sexuales no constituyen el problema en sí mismo, sino la manifestación de otros procesos. Por ejemplo, el estrés puede asociarse a dificultades de erección; una educación marcada por la culpa puede dificultar el disfrute; el bajo deseo sexual puede formar parte de un cuadro depresivo; y los problemas de comunicación pueden terminar afectando la intimidad de la pareja. Existen tantas formas de vivir la sexualidad como personas en el mundo. Sin embargo, también compartimos creencias, mitos y tabúes que muchas veces condicionan la forma en que la experimentamos. Comprenderlos puede ayudarnos a vivir nuestra sexualidad de manera más libre, consciente y satisfactoria. Para profundizar en este tema, elegí una conferencia de Borja Vilaseca, quien reflexiona sobre los factores que influyen en nuestra forma de vivir la sexualidad y que, con frecuencia, terminan convirtiéndola en una fuente de conflicto o malestar. Entre los temas que aborda se encuentran: La falta de educación sexual. La influencia de la cultura, la religión, los mitos, los prejuicios y el machismo. La tendencia a reducir la sexualidad únicamente a la penetración, dejando de lado otras formas de intimidad y encuentro. El impacto del estrés, la rutina y la búsqueda constante de inmediatez. Las expectativas irreales respecto de la sexualidad. La importancia de la comunicación y del autoconocimiento. Borja Vilaseca desarrolla estos temas con cercanía, humor y un lenguaje muy accesible, invitándonos a cuestionar muchas de las ideas que hemos aprendido sobre la sexualidad. Te invito a verlo, ya sea de manera individual o en pareja, como una oportunidad para reflexionar sobre la forma en que vives tu propia sexualidad.
¿Cómo se viven las crisis de pánico? Esta escena de la serie This Is Us muestra a Randall, un personaje que ha convivido con crisis de pánico desde hace muchos años. A lo largo de su vida intenta mantener el control frente a experiencias profundamente estresantes, mientras la ansiedad va afectando su bienestar, sus relaciones y su vida cotidiana. Finalmente, al tomar conciencia de lo que le ocurre y con el apoyo de su esposa, decide iniciar un proceso de psicoterapia para comprender el origen de su sufrimiento y aprender nuevas formas de enfrentarlo.
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