Material psicoeducativo y de reflexión
En esta sección encontrarás artículos y material de reflexión sobre psicología, psicoterapia y salud mental, escritos desde mi experiencia clínica y orientados a favorecer el autoconocimiento y la reflexión.

Importancia de la psicoeducación
La incertidumbre genera mucha angustia, más aún cuando no sabemos qué nos está pasando o por qué nos sentimos de determinada manera. Comprender lo que nos ocurre suele generar alivio, especialmente cuando ponerle nombre a aquello que vivimos nos permite también expresarlo con palabras.
La psicoterapia tiene un importante componente psicoeducativo que busca precisamente orientar, tranquilizar y favorecer la comprensión. Sin embargo, también existen otras formas de acercarnos a estos temas que pueden resultar muy enriquecedoras. Leer, escuchar un podcast o ver un video nos permite vernos reflejados en distintas experiencias, ponerle nombre a aquello que hemos vivido o sentido y, muchas veces, sentirnos más comprendidos y acompañados.
Mientras más conocimientos y herramientas tengamos sobre salud mental, mayor será nuestra capacidad para conocernos, autorregularnos y adaptarnos. Leer, escuchar podcasts, ver conferencias o incluso series de ficción que abordan temáticas psicológicas puede favorecer el autoanálisis e invitarnos a reflexionar sobre nuestra propia experiencia.
La psicoeducación también nos ayuda a identificar señales de alerta, evitando tanto caer en autoengaños como normalizar o, por el contrario, patologizar experiencias que pueden formar parte de la vida. Además, nos entrega herramientas para afrontar aquello que estamos viviendo mientras trabajamos en un cambio más profundo o avanzamos hacia la recuperación.
El simple ejercicio de acercarnos a este tipo de material puede favorecer la toma de conciencia sobre nuestro estado mental y motivarnos a pedir ayuda cuando algo nos preocupa. Todo ello contribuye a un mayor bienestar, al autocuidado y a una mejor salud mental.
Temas de interés
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Sexualidad consciente: clave para cultivar la sexualidad

A lo largo de mi experiencia clínica he observado que existen dos aspectos de la vida cotidiana que con frecuencia reflejan cómo nos encontramos emocionalmente: cómo dormimos y cómo vivimos nuestra sexualidad. Rara vez constituyen el motivo principal de consulta. Sin embargo, suelen aparecer como parte del malestar del paciente o cobrar relevancia a medida que avanza el proceso terapéutico. En esta ocasión quiero detenerme en la sexualidad, porque es un tema que, de una u otra forma, nos atraviesa a todos. No existe persona —ni pareja— que no haya enfrentado dudas, dificultades o conflictos relacionados con ella en algún momento de su vida. La sexualidad va mucho más allá del acto sexual. Se relaciona con la autoestima, la imagen corporal, la historia personal, la crianza, las experiencias afectivas, la comunicación, la identidad y la forma en que nos vinculamos con nosotros mismos y con los demás. Muchas veces las dificultades sexuales no constituyen el problema en sí mismo, sino la manifestación de algo más profundo. Por ejemplo, el estrés puede traducirse en dificultades de erección; una educación marcada por la culpa puede impedir disfrutar de la sexualidad; la depresión suele acompañarse de una disminución del deseo sexual; y los problemas de comunicación dentro de la pareja pueden terminar afectando la intimidad. Cada persona vive su sexualidad de manera única. No existe una única forma "correcta" de experimentarla. Sin embargo, sí existen factores culturales, familiares y personales que condicionan la manera en que la vivimos y que, muchas veces, limitan nuestra capacidad para disfrutarla de forma libre y consciente. Con el objetivo de profundizar en este tema, quiero compartir una conferencia de Borja Vilaseca, quien aborda la sexualidad desde una mirada reflexiva, cercana y con mucho humor. A través de un lenguaje sencillo, invita a cuestionar muchas de las creencias que hemos aprendido sobre el sexo y las relaciones. Entre los temas que desarrolla se encuentran: La falta de educación sexual. La influencia de la cultura, la religión, los prejuicios y el machismo. La tendencia a reducir la sexualidad únicamente a la penetración, dejando de lado otras formas de encuentro e intimidad. El impacto del estrés, la rutina y la búsqueda constante de inmediatez. Las expectativas irreales y las fantasías que muchas veces condicionan nuestras relaciones. La importancia de la comunicación, el autoconocimiento y el conocimiento del propio cuerpo. Te invito a verlo, ya sea de manera individual o en pareja, como una oportunidad para reflexionar sobre la forma en que vives tu propia sexualidad y sobre aquellos aspectos que quizás nunca te habías detenido a cuestionar. La sexualidad es una dimensión importante de la salud mental y del bienestar. Hablar de ella sigue siendo difícil para muchas personas, pero comprender cómo la vivimos puede abrir la puerta a conocernos mejor, fortalecer nuestras relaciones y reconocer aspectos de nosotros mismos que muchas veces permanecen invisibles.
Te invito a ver la conferencia de Borja Villaseca para ahondar en el tema. Más que entregar respuestas, esta conferencia invita, con humor e información, a cuestionar muchas de las ideas que solemos dar por sentadas respecto de la sexualidad, y a entender el porqué de muchas problemáticas comunes de la sexualidad.
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El diagnóstico en psicoterapia: más que una etiqueta

Recibir un diagnóstico puede generar alivio, incertidumbre, miedo o incluso rechazo. Para algunas personas significa, por fin, ponerle nombre a aquello que han estado sintiendo durante mucho tiempo. Para otras, puede vivirse como una etiqueta que parece definirlas. Pero ¿qué es realmente un diagnóstico? Desde una perspectiva clínica, un diagnóstico corresponde al nombre que recibe un conjunto de signos y síntomas presentes en una persona en un momento determinado. Es una herramienta que orienta el tratamiento, facilita la comunicación entre profesionales y permite conocer qué intervenciones han demostrado ser útiles para esa condición. Sin embargo, un diagnóstico nunca reemplaza la comprensión de la persona que lo porta. Cada paciente expresa un mismo diagnóstico de manera diferente. La historia personal, la personalidad, las relaciones, los recursos psicológicos y el momento vital hacen que una depresión, un trastorno de ansiedad o un trastorno de personalidad nunca sean exactamente iguales entre dos personas. Existen casos "de libro", pero las personas no lo son. Además, todos experimentamos síntomas psicológicos en distintos momentos de la vida sin que ello signifique necesariamente padecer un trastorno mental. Sentirse triste, ansioso o irritable puede formar parte de una reacción esperable frente a determinadas circunstancias. En psicoterapia, el diagnóstico tampoco suele ser una conclusión definitiva. Durante las primeras sesiones se construye una hipótesis diagnóstica y comprensiva que puede ir modificándose a medida que conocemos mejor la historia del paciente. La evaluación clínica forma parte del tratamiento y continúa desarrollándose incluso después de iniciado el proceso terapéutico. En esas primeras entrevistas recopilamos información sobre la historia personal, la evolución de los síntomas, las relaciones significativas, los antecedentes médicos y muchos otros aspectos que permiten comprender el malestar de manera más amplia. Con frecuencia, los síntomas iniciales no muestran toda la complejidad del cuadro clínico. Por ejemplo, una persona puede consultar por síntomas depresivos y, con el tiempo, evidenciar un trastorno bipolar cuando aparece un episodio hipomaníaco o maníaco que inicialmente no era evidente. Del mismo modo, una sintomatología ansiosa puede estar relacionada con un duelo, una crisis vital o un trastorno de personalidad que solo logra comprenderse en profundidad conforme avanza el proceso terapéutico. También es frecuente confundir rasgos de personalidad con síntomas clínicos. Frases como "siempre he sido melancólico", "yo soy muy irritable" o "esa es mi personalidad" pueden reflejar que ciertos síntomas han terminado incorporándose a la identidad de la persona. Distinguir aquello que forma parte de la personalidad de aquello que constituye un sufrimiento psicológico es fundamental, ya que influye directamente en el tratamiento y, muchas veces, permite descubrir que aquello que parecía inmodificable sí puede cambiar. En ocasiones, recibir un diagnóstico también ayuda a disminuir la culpa. Muchas personas dejan de pensar que "algo está mal en mí" y comienzan a comprender que aquello que les ocurre tiene una explicación y un tratamiento posible. La comunicación del diagnóstico requiere cuidado. No se trata únicamente de informar un nombre, sino de explicar qué significa, cuáles son sus implicancias y, sobre todo, qué no significa. Por eso, el diagnóstico siempre debería ir acompañado de psicoeducación, evitando que se transforme en una etiqueta o en una explicación simplista del sufrimiento. El diagnóstico no define quién eres. Es solo un punto de partida para comprender lo que estás viviendo, orientar el tratamiento y favorecer un proceso de cambio.
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Crisis de pánico

¿Qué son las crisis de pánico? ¿Cómo se viven? ¿Cómo ayudar a quien las está experimentando? Las crisis de pánico —también llamadas ataques de pánico o crisis de angustia— son episodios de ansiedad intensa que aparecen de forma brusca y se acompañan de síntomas físicos muy intensos. Quienes las experimentan suelen describir palpitaciones, sensación de falta de aire, dolor u opresión en el pecho, mareos, hormigueo en las extremidades, náuseas, sudoración o temblores. A esto se suma un miedo intenso, muchas veces acompañado de la sensación de que algo terrible está por ocurrir: desmayarse, perder el control, volverse loco o incluso morir. Para quien vive una crisis por primera vez, la experiencia suele ser tan intensa que es frecuente pensar que se trata de un infarto u otra urgencia médica, motivo por el cual muchas personas consultan inicialmente en un servicio de urgencias. Cuando las crisis comienzan a repetirse, aparece con frecuencia otro problema: el miedo a que vuelvan. Como consecuencia, algunas personas empiezan a evitar determinados lugares o situaciones donde creen que podría desencadenarse una nueva crisis, limitando progresivamente su vida cotidiana. ¿Por qué ocurren? No existe una única explicación para las crisis de pánico. Desde una perspectiva psicodinámica, muchas veces pueden comprenderse como la expresión de una ansiedad que ha sobrepasado la capacidad de la persona para elaborarla o ponerla en palabras. En algunos casos aparecen durante períodos de alto estrés o frente a situaciones vividas como especialmente amenazantes. En otros, parecen surgir cuando se ha acumulado tensión emocional durante mucho tiempo sin encontrar una vía de expresión. Aunque la experiencia resulta profundamente angustiante, una crisis de pánico no es peligrosa en sí misma. Lo que ocurre es que el sistema nervioso entra en un estado de máxima activación, desencadenando una intensa respuesta física que suele dejar a la persona agotada una vez que termina. Muchas personas aprenden estrategias para sobrellevar las crisis, pero eso no siempre significa que el problema haya sido resuelto. Cuando el origen de la ansiedad permanece intacto, es frecuente que las crisis reaparezcan frente a nuevas situaciones de estrés o ante estímulos que la mente ha asociado con experiencias previas de ansiedad. Una crisis aislada no implica necesariamente un trastorno de pánico. Sin embargo, cuando las crisis se repiten y el temor a volver a experimentarlas comienza a afectar la vida cotidiana, es importante buscar ayuda profesional. ¿Cómo ayudar a alguien que está viviendo una crisis de pánico? Quien está atravesando una crisis de pánico se encuentra emocionalmente sobrepasado. En ese momento le resulta muy difícil pensar con claridad, ya que toda su atención está centrada en las intensas sensaciones físicas y en el miedo que estas generan. Lo más importante es mantener la calma y transmitir seguridad. No es necesario minimizar lo que la persona siente ni decirle que "se tranquilice". Para ella, la experiencia es completamente real y muy angustiante. Puede ser útil hablar con un tono de voz pausado y decir frases sencillas como: "Estoy contigo." "Esto va a pasar." "Sé que se siente muy intenso, pero estás a salvo." "Respiremos juntos." Guiar la respiración lentamente también suele ayudar. Respirar de manera lenta y profunda envía señales al sistema nervioso de que el peligro ha pasado, favoreciendo que el organismo vuelva progresivamente a un estado de mayor calma. En algunas personas también resulta útil favorecer el contacto con el entorno: observar objetos alrededor, sentir el apoyo de los pies en el suelo o describir lo que ven y escuchan. Estas estrategias ayudan a disminuir la sensación de quedar atrapados en la propia ansiedad. Cada persona es distinta. Algunas agradecerán que les tomen la mano o permanezcan cerca; otras preferirán contar con más espacio. Lo importante es acompañar sin invadir y transmitir seguridad durante todo el episodio. ¿Las crisis de pánico tienen tratamiento? Sí. Las crisis de pánico tienen tratamiento y, en la gran mayoría de los casos, presentan un muy buen pronóstico. La psicoterapia permite comprender qué está sosteniendo la ansiedad, desarrollar nuevas formas de enfrentarla y disminuir progresivamente la frecuencia e intensidad de las crisis. En algunos casos también resulta recomendable complementar el tratamiento con evaluación psiquiátrica. Los medicamentos pueden ser una herramienta útil para controlar niveles elevados de ansiedad, especialmente cuando las crisis son muy frecuentes o generan un importante deterioro en la vida cotidiana. Esto no reemplaza el trabajo psicoterapéutico, pero muchas veces facilita que la persona pueda realizarlo en mejores condiciones. El objetivo no es únicamente que las crisis desaparezcan, sino comprender por qué aparecieron y desarrollar recursos que permitan enfrentar el malestar de una manera más saludable y duradera.
En la siguiente escena de Grey’s Anatomy se muestra a Meredith atravesando una crisis de pánico, mientras Derek la acompaña y la ayuda a atravesar ese momento.
Esta escena de This Is Us muestra cómo la ansiedad puede instalarse de forma persistente, afectando el funcionamiento diario, las relaciones y la calidad de vida. Randall decide iniciar un proceso de psicoterapia, dando el primer paso para comprender aquello que hay detrás de sus síntomas.
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¿Cómo se vive la depresión?

La depresión suele asociarse con tristeza, pero es mucho más que eso y en la práctica clínica puede manifestarse de muchas maneras. Algunas personas lloran constantemente; otras, en cambio, sienten un profundo vacío, apatía o irritabilidad. Los manuales diagnósticos, como el DSM-5, establecen criterios que ayudan a identificar un episodio depresivo. Entre ellos se encuentran: estado de ánimo deprimido la mayor parte del tiempo; pérdida del interés o del placer por actividades que antes resultaban agradables; cambios importantes en el sueño o el apetito; cansancio persistente; dificultad para concentrarse; sentimientos de inutilidad o culpa excesiva; enlentecimiento o agitación psicomotora; pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio. Sin embargo, los pacientes rara vez describen sus síntomas utilizando estos términos. Con mucha más frecuencia dicen cosas como: "No puedo levantarme de la cama." "Todo me pesa." "Nada me entretiene." "Me da lo mismo todo." "Me gustaría desaparecer." "A veces pienso que sería mejor no despertar." Estas frases permiten comprender cómo se vive realmente la depresión desde la experiencia subjetiva de quien la padece. Desde una perspectiva psicoterapéutica, el objetivo no consiste únicamente en disminuir los síntomas. También buscamos comprender por qué aparecieron, qué función cumplen y qué están intentando expresar. En psicoanálisis entendemos el síntoma como una forma —generalmente inconsciente— de responder a un conflicto que aún no ha encontrado otra manera de resolverse. Por eso, aliviar el sufrimiento es importante, pero comprender su origen permite generar cambios más profundos y duraderos. Así como la fiebre nos indica que algo ocurre en el organismo, los síntomas psicológicos también nos hablan de un malestar. El síntoma no es el problema en sí mismo: es la señal que nos invita a mirar aquello que necesita ser comprendido.
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Del enamoramiento a la desilusión: la dinámica en la pareja

Para desarrollar su potencial personal, el ser humano necesita de otros seres humanos, pero sobre todo de su pareja” (Willi, 1978). Uno de los motivos de consulta más frecuentes son los problemas de pareja. Los pacientes suelen traerlos a sesión como una preocupación, pero muchas veces desde la queja hacia el otro, sin involucrarse ellos mismos en esa crítica. Al profundizar en la historia de la relación y en la dinámica entre ambos miembros de la pareja, solemos descubrir que aquello que hoy genera conflicto muchas veces está relacionado con lo mismo que inicialmente resultó atractivo. Es el paso del enamoramiento a la desilusión: cuando lo que enamoró termina convirtiéndose en una fuente de malestar. Entonces, ¿cuándo esa característica que gustaba y aportaba a la relación comienza a amenazar el vínculo? ¿Qué cambia entre el período de enamoramiento y el de desilusión? Al comienzo de una relación, cada persona suele reconocer en el otro una forma distinta de ser que resulta atractiva. De ahí surge la conocida frase: "los polos opuestos se atraen". Muchas veces elegimos personas que poseen características que nosotros mismos tenemos menos desarrolladas y que, de algún modo, complementan nuestra manera de funcionar. El conflicto aparece cuando uno o ambos miembros de la pareja comienzan a intentar satisfacer sus propias necesidades emocionales a través del otro, esperando que este mantenga un determinado rol dentro de la relación. Esto suele ocurrir de manera inconsciente. Por ejemplo, al inicio de una relación, una persona puede sentirse atraída por alguien muy protector. Para quien protege, sentirse necesitado puede reforzar una sensación de importancia o utilidad. Para quien es cuidado, esa protección puede facilitar su desenvolvimiento y brindar seguridad. Sin embargo, con el paso del tiempo, la persona que necesitaba más apoyo puede ganar autonomía y dejar de requerir ese nivel de protección. Lo que antes se vivía como cuidado comienza entonces a sentirse como control. A su vez, quien encontraba valor en el rol de protector puede sentirse desplazado y responder intensificando aún más esas conductas para no perder el lugar que ocupaba en la relación. Así, aquello que en un comienzo favorecía el crecimiento de ambos puede transformarse en una fuente de conflicto. Lo que antes complementaba, ahora limita. Lo que antes acercaba, ahora distancia. Cuando esto ocurre, es frecuente que cada miembro de la pareja se enfoque cada vez más en sus propias necesidades y menos en las del otro. La relación pierde flexibilidad y las diferencias, que inicialmente enriquecían el vínculo, comienzan a vivirse como amenazas. Si estas dinámicas se detectan a tiempo, es posible trabajarlas y recuperar el valor que esas diferencias tuvieron al inicio de la relación. ¿Cómo abordamos esto desde la psicoterapia individual de orientación psicoanalítica? El trabajo consiste en volver la mirada hacia uno mismo y comprender qué conflictos personales estamos intentando resolver a través del otro. Se busca reconocer que los problemas de pareja no son responsabilidad exclusiva de una persona, sino que se sostienen en una dinámica construida entre ambos. La terapia invita a identificar el rol que cada uno ocupa dentro de la relación y la forma en que contribuye, consciente o inconscientemente, a mantener determinados patrones. Por ejemplo, para que exista una relación de dependencia, generalmente debe haber alguien que la favorezca o la sostenga. Para que uno de los miembros adopte una posición excesivamente pasiva, suele existir otro que ocupa gran parte del espacio de decisión y acción. La queja hacia el otro también dice algo de nosotros mismos y de nuestra manera de participar en el vínculo. Por ello, una parte importante del trabajo consiste en preguntarnos qué podemos modificar de nuestras propias conductas y expectativas. Cuando uno de los miembros de la pareja cambia, inevitablemente la dinámica relacional también cambia. Si esos cambios son comprendidos, acompañados y correspondidos por ambos, pueden transformarse en una oportunidad de crecimiento para la relación. Las diferencias no son necesariamente un problema. Por el contrario, pueden convertirse en una fuente de desarrollo personal y de pareja, siempre que exista la flexibilidad y la capacidad de reflexión necesarias para integrarlas de manera saludable. “Nada estimula de manera tan eficaz el crecimiento personal como una relación de pareja, y nada paraliza tanto como una relación de pareja con una organización excesivamente rígida y destructiva. Para desarrollar su potencial personal, el ser humano necesita de otros seres humanos, pero sobre todo de su pareja” (Willi, 1978).
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"Quiero dejar de sentir": la importancia de las emociones

"No quiero seguir sintiendo esto." Es una frase que escucho con frecuencia en psicoterapia. Lo queramos o no, estamos constantemente experimentando emociones. Algunas nos resultan agradables y tendemos a buscarlas; otras generan malestar y hacemos todo lo posible por evitarlas. Sin embargo, esto no significa que existan emociones "buenas" o "malas". Todas cumplen una función, por algo existen. Entonces, ¿Qué son? ¿Para qué sirven? ¿Cuándo dejan de ser adaptativas? ¿Y cómo se trabajan en psicoterapia? ¿Qué son las emociones? Las emociones son respuestas psicológicas y fisiológicas frente a aquello que vivimos. Nos informan cómo nos afecta el entorno y qué está ocurriendo en nuestro mundo interno. Cumplen una función biológica, psicológica y social: nos preparan para actuar, favorecen la adaptación al medio, comunican nuestro estado emocional y orientan nuestra conducta. Las emociones están siempre presentes, aunque no siempre se expresan de la misma manera. Su intensidad y la forma en que las vivimos dependen de múltiples factores, como nuestra personalidad, historia, experiencias previas y recursos para afrontarlas. ¿Y los sentimientos? Aunque solemos utilizar ambos conceptos como sinónimos, no son exactamente lo mismo. Las emociones son respuestas relativamente breves e inmediatas frente a un estímulo. Los sentimientos, en cambio, corresponden a la experiencia subjetiva que construimos a partir de esas emociones y suelen mantenerse durante más tiempo. Son estados más estables y elaborados, relacionados con la manera en que interpretamos lo que vivimos. No necesitamos dejar de sentir Muchos pacientes llegan a terapia cansados de experimentar determinadas emociones. Quisieran dejar de sentir tristeza, miedo, rabia o ansiedad. Sin embargo, el objetivo no es dejar de sentir. De hecho, perder la capacidad de experimentar emociones sería profundamente perjudicial. Si no sintiéramos miedo, probablemente no nos protegeríamos del peligro. Si nunca sintiéramos rabia, nos costaría poner límites. Si no sintiéramos tristeza, sería muy difícil elaborar las pérdidas. La angustia, por su parte, es una señal. Por eso, en psicoterapia no buscamos eliminar las emociones, sino comprenderlas, aceptarlas y aprender a relacionarnos con ellas de una manera más saludable. Cuando sentir se vuelve un problema Las dificultades aparecen cuando una emoción deja de cumplir su función adaptativa. Esto puede ocurrir cuando su intensidad es excesiva, cuando permanece durante demasiado tiempo, cuando aparece en situaciones que no lo justifican o cuando nos lleva a actuar de maneras que terminan perjudicándonos. Por ejemplo, la ansiedad nos prepara para enfrentar posibles amenazas, pero cuando aumenta hasta desbordarnos puede paralizarnos o desencadenar una crisis de pánico. Lo mismo ocurre con emociones que solemos considerar agradables. La alegría, el entusiasmo o el deseo también pueden volverse problemáticos cuando pierden proporción con la realidad o favorecen conductas impulsivas o riesgosas. No son las emociones en sí mismas las que enferman, sino la forma en que las experimentamos, las regulamos y actuamos a partir de ellas. ¿Cómo intentamos regularlas? Cuando una emoción resulta demasiado intensa solemos buscar maneras de disminuirla. Algunas estrategias son saludables: conversar con alguien, descansar, escribir, hacer deporte o pedir ayuda. Otras, en cambio, alivian momentáneamente el malestar, pero terminan manteniéndolo o agravándolo. Entre ellas encontramos el consumo de alcohol o drogas, las autolesiones, el aislamiento, la impulsividad o incluso el exceso de trabajo. También es frecuente que transformemos una emoción en otra que nos resulta más tolerable. Muchas veces, por ejemplo, detrás de la rabia existe una profunda tristeza. La rabia permite descargar tensión, dirigir la atención hacia el exterior y defendernos. La tristeza, en cambio, nos conecta con la pérdida, la vulnerabilidad y la necesidad de detenernos. Por eso, en psicoterapia, pasar de la rabia a la tristeza muchas veces constituye un avance, aunque inicialmente el paciente lo viva como un retroceso. En psicoterapia, comprender por qué sentimos lo que sentimos suele ser el primer paso para generar alivio. Las emociones no aparecen de forma aislada: tienen una historia, un contexto y un significado. A lo largo del proceso terapéutico buscamos comprender ese origen para elaborar las experiencias que les dieron lugar y resignificarlas. Cuando una experiencia dolorosa logra ser elaborada, la emoción asociada también cambia. No se trata de dejar de sentir, sino de que las emociones se vuelvan más reguladas, proporcionales y adaptativas a las situaciones del presente, en lugar de responder automáticamente desde heridas o experiencias del pasado. Con el tiempo, aquello que antes despertaba una intensa angustia, miedo, rabia o culpa pierde parte de su carga emocional. Esto permite responder con mayor libertad, sin que las experiencias pasadas determinen la forma de interpretar el presente o de relacionarnos con los demás. Así, las emociones dejan de gobernar nuestras decisiones y pasan a convertirse en una fuente de información que puede comprenderse, regularse e integrarse de manera más saludable. La función de la tristeza Vivimos en una cultura que nos invita permanentemente a evitar el dolor. Sin embargo, la tristeza cumple una función fundamental. Nos ayuda a aceptar aquello que no podemos cambiar, favorece la introspección, permite elaborar las pérdidas e integrar las experiencias difíciles. Sentir tristeza no siempre significa estar deprimido; muchas veces significa simplemente estar respondiendo de manera saludable a una realidad dolorosa. ¿Cómo trabajamos las emociones en psicoterapia? La terapia ofrece un espacio donde las emociones pueden desplegarse sin ser juzgadas. El primer paso consiste en identificarlas y ponerles nombre. Luego buscamos comprender qué las está provocando, qué función cumplen y qué intentan comunicar. También exploramos las estrategias que hemos desarrollado para regularlas: cuáles favorecen nuestro bienestar y cuáles terminan manteniendo el sufrimiento. Paralelamente, trabajamos sobre aquello que da origen a la emoción. No basta con aliviar el síntoma; buscamos comprender el conflicto que lo sostiene para favorecer cambios más profundos y duraderos. Comprender para transformar La palabra emoción proviene del latín emovere, que significa "poner en movimiento". Las emociones existen para movilizarnos. Cuando podemos comprenderlas, dejan de convertirse en un obstáculo y pasan a transformarse en una fuente de información sobre nosotros mismos. La psicoterapia ofrece justamente ese espacio: un lugar donde sentir no constituye un problema, sino el punto de partida para comprender nuestra historia, desarrollar nuevas formas de enfrentar la vida y relacionarnos de una manera más saludable con nosotros mismos y con los demás.
"Pasan los días y sigo sintiéndome igual"
Sobre la expectativa de la terapia y el proceso de cambio.
"Siento que estoy peor"
"No veo ningún cambio."
"Todo sigue igual."
Estas son frases que muchos pacientes expresan durante las primeras semanas de psicoterapia. Lejos de significar que el tratamiento no está funcionando, muchas veces forman parte esperable del proceso.
Algunas personas experimentan alivio desde las primeras sesiones. Otras, en cambio, sienten que el malestar sigue presente o incluso aumenta. Esto puede ocurrir porque comenzar a hablar de aquello que se ha evitado durante mucho tiempo implica enfrentarse a emociones que antes permanecían contenidas.
Poner en palabras el sufrimiento lo vuelve más consciente. Y cuando algo deja de evitarse y comienza a ser mirado de frente, es normal sentirse más vulnerable. Eso no significa que se esté retrocediendo; muchas veces es el inicio del verdadero trabajo terapéutico.
La fantasía de cómo debería ser sanar
Cuando iniciamos una psicoterapia solemos tener una idea —consciente o inconsciente— de cómo debería sentirse el proceso de recuperación. Esperamos dejar de sufrir rápidamente o experimentar cambios evidentes en poco tiempo. Muchas personas también llegan esperando que el terapeuta les diga qué hacer, les entregue consejos, tareas o "herramientas" concretas para resolver aquello que las hace sufrir.
Cuando esa expectativa no se cumple, es frecuente que aparezcan la frustración, la impaciencia o incluso la sensación de que la terapia "no está funcionando". A veces esa frustración se dirige hacia uno mismo: "¿Por qué sigo igual?", "¿Por qué no puedo mejorar?". Otras veces se dirige hacia el tratamiento o hacia el terapeuta.
La ansiedad por obtener resultados inmediatos puede hacer que perdamos de vista el proceso y nos lleve a evaluar la terapia únicamente por cómo nos sentimos en ese momento. Sin embargo, los cambios más importantes rara vez aparecen de forma inmediata.
Cambios que a veces no reconocemos
Muchas veces llevamos años —e incluso toda una vida— enfrentando las dificultades de la misma manera. Es comprensible que nuevas formas de pensar, sentir o relacionarnos no aparezcan de un día para otro.
Además, solemos buscar el cambio donde no necesariamente ocurre primero. Esperamos dejar de sentir tristeza, ansiedad o angustia, cuando muchas veces las primeras transformaciones aparecen en otros lugares. Quizás hoy eres capaz de hablar de aquello que antes callabas. Quizás estás poniendo límites donde antes no podías. Quizás logras pedir ayuda. Quizás comienzas a comprender por qué reaccionas de determinada manera. Quizás continúas sintiendo tristeza, pero ya no permaneces paralizado por ella.
Incluso pasar de la rabia a la tristeza puede representar un avance, aunque subjetivamente se viva como un retroceso. La tristeza implica un mayor contacto con el dolor y, muchas veces, constituye un paso necesario para poder elaborarlo.
Como el sufrimiento todavía está presente, es fácil concluir que nada ha cambiado. Sin embargo, muchas de estas pequeñas transformaciones son precisamente las que permiten que, con el tiempo, aparezcan cambios más profundos y duraderos.
El terapeuta, al observar el proceso desde fuera, suele identificar avances que al propio paciente todavía le cuesta reconocer. Parte del trabajo consiste precisamente en hacer visibles esos cambios para que puedan integrarse y seguir desarrollándose.
Confiar en el proceso
La psicoterapia tiene algo particular: no siempre es posible explicar cómo produce sus efectos. Cada proceso es diferente y cada persona va encontrando su propio ritmo. Muchas veces los cambios aparecen de manera gradual y solo se vuelven evidentes al mirar hacia atrás.
Por eso, al comenzar una terapia, más que intentar evaluar constantemente si "está funcionando", es importante permitirse vivir el proceso y darle tiempo para desarrollarse. Los cambios más profundos rara vez ocurren de un día para otro.
Muchas veces el primer cambio no consiste en dejar de sufrir, sino en comenzar a comprender aquello que nos hace sufrir. Y, aunque al principio parezca poco, suele ser el cambio que hace posibles todos los demás.
En la psicoterapia de orientación psicoanalítica, el objetivo no es que el terapeuta le diga al paciente cómo vivir su vida, le entregue consejos o le indique qué hacer. El trabajo consiste en acompañarlo para que sea él mismo quien vaya comprendiendo lo que le ocurre, descubra nuevas formas de mirar su historia y encuentre sus propias respuestas. Cuando cambia la manera en que comprendemos nuestra experiencia, también cambia la forma en que la sentimos, la enfrentamos y nos relacionamos con ella.
Para reflexionar: el abuso en todos sus niveles y formas
La serie Bebé Reno, basada en hechos reales, no ha pasado desapercibida. Personalmente, me resulta difícil destacar una sola escena, ya que toda la historia invita a reflexionar sobre el funcionamiento de la mente humana y la complejidad de los vínculos. Los personajes están construidos con gran profundidad, logrando transmitir la angustia, la confusión y las contradicciones propias de quienes han vivido experiencias traumáticas. Además, resulta especialmente interesante el espacio que la serie dedica a las reflexiones del protagonista, quien intenta comprender las razones que lo llevaron a tomar determinadas decisiones y a repetir ciertos patrones. A lo largo de la historia se abordan múltiples temas de salud mental: las consecuencias del abuso sexual, la violencia psicológica, las relaciones abusivas, las secuelas del trauma, las adicciones, los prejuicios sociales, la revictimización y la compleja dinámica que puede establecerse entre víctima y victimario. Más que entregar respuestas, la serie invita a observar estas experiencias desde la empatía y la curiosidad. Comprender por qué una persona actúa de determinada manera no significa justificar sus actos, sino acercarnos a la complejidad del sufrimiento humano y reconocer que muchas conductas tienen una historia detrás. Te invito a verla y sacar tus propias conclusiones, dejando de lado el juicio y permitiéndote reflexionar sobre la complejidad de la mente humana y de las relaciones que establecemos con los demás
Para reflexionar: culpa, autoaceptación y cambio
Escena para reflexionar sobre la voz interna que acompaña la baja autoestima, la culpa y la dificultad para aceptarnos a nosotros mismos. En ella vemos a Jesse, un traficante con consumo problemático de sustancias, que carga con una profunda culpa por el daño que ha causado a otras personas. Durante una sesión de terapia grupal, en el contexto de su proceso de rehabilitación, surge una reflexión que invita a cuestionar la forma en que nos hablamos, nos juzgamos y nos castigamos cuando sentimos que no merecemos ser perdonados. Es una escena que ilustra muy bien cómo la culpa, la vergüenza y la baja autoestima pueden mantener el sufrimiento incluso cuando existe un genuino deseo de cambiar.
