top of page

El proceso psicoterapéutico


1. El diagnóstico no te define: ¿es importante entregar un diagnóstico?

2. "Pasan los días y sigo sintiéndome igual": sobre la expectativa de la terapia y el proceso de cambio

3. "Quiero dejar de sentir": la importancia de las emociones

1. El diagnóstico no te define

Recibir un diagnóstico puede generar alivio, incertidumbre, miedo o incluso rechazo. Para algunas personas significa, por fin, ponerle nombre a aquello que han estado sintiendo durante mucho tiempo. Para otras, puede vivirse como una etiqueta que parece definirlas. Pero ¿qué es realmente un diagnóstico? Desde una perspectiva clínica, un diagnóstico corresponde al nombre que recibe un conjunto de signos y síntomas presentes en una persona en un momento determinado. Es una herramienta que orienta el tratamiento, facilita la comunicación entre profesionales y permite conocer qué intervenciones han demostrado ser útiles para esa condición. Sin embargo, un diagnóstico nunca reemplaza la comprensión de la persona que lo porta. Cada paciente expresa un mismo diagnóstico de manera diferente. Existen casos "de libro", pero los tratamientos nunca lo son. La historia personal, la personalidad, las relaciones, los recursos psicológicos y el momento vital hacen que una depresión, un trastorno de ansiedad o un trastorno de personalidad nunca sean exactamente iguales entre dos personas. Además, todos experimentamos síntomas psicológicos en distintos momentos de la vida sin que ello signifique necesariamente padecer un trastorno mental. Sentirse triste, ansioso o irritable puede formar parte de una reacción esperable frente a determinadas circunstancias. Por eso, en psicoterapia el diagnóstico no constituye el objetivo principal. Más importante que la etiqueta es comprender cómo vive cada persona su malestar, qué función cumplen esos síntomas y qué significado adquieren dentro de su historia. En ocasiones, contar con un diagnóstico ayuda a disminuir la culpa. Muchas personas dejan de pensar que "algo está mal en mí" y comienzan a comprender que aquello que les ocurre tiene explicación y tratamiento. En ese sentido, ponerle nombre al sufrimiento puede ser el primer paso para dejar de enfrentarlo en soledad. El diagnóstico no define quién eres. Es solo un punto de partida para comprender lo que estás viviendo y orientar el camino terapéutico.

2. "Pasan los días y sigo sintiéndome igual"
Sobre la expectativa de la terapia y el proceso de cambio.

"Siento que estoy peor."

"No veo ningún cambio."

"Todo sigue igual."

Estas son frases que muchos pacientes expresan durante las primeras semanas de psicoterapia. Lejos de significar que el tratamiento no está funcionando, muchas veces forman parte esperable del proceso.

Algunas personas experimentan alivio desde las primeras sesiones. Otras, en cambio, sienten que el malestar sigue presente o incluso aumenta. Esto puede ocurrir porque comenzar a hablar de aquello que se ha evitado durante mucho tiempo implica enfrentarse a emociones que antes permanecían contenidas.

Poner en palabras el sufrimiento lo vuelve más consciente. Y cuando algo deja de evitarse y comienza a ser mirado de frente, es normal sentirse más vulnerable. Eso no significa que se esté retrocediendo; muchas veces es el inicio del verdadero trabajo terapéutico.

La fantasía de cómo debería ser sanar

Cuando iniciamos una psicoterapia solemos tener una idea —consciente o inconsciente— de cómo debería sentirse el proceso de recuperación. Esperamos dejar de sufrir rápidamente o experimentar cambios evidentes en poco tiempo.  Cuando esa expectativa no se cumple, es frecuente que aparezcan la frustración, la impaciencia o incluso la sensación de que la terapia "no está funcionando".

 

A veces esa frustración se dirige hacia uno mismo: "¿Por qué sigo igual?"  "¿Por qué no puedo mejorar?" Otras veces se dirige hacia el tratamiento o hacia el terapeuta. Sin embargo, la ansiedad por obtener resultados inmediatos puede hacer que perdamos de vista lo más importante: el proceso. Paradójicamente, esto ocurre con especial frecuencia en personas que consultan precisamente por problemas de ansiedad.

Cambiar toma tiempo

Muchas veces llevamos años —e incluso toda una vida— enfrentando las dificultades de la misma manera. Es comprensible que nuevas formas de pensar, sentir o relacionarnos no aparezcan de un día para otro.

Al comienzo suelen producirse pequeños cambios: comprender algo que antes no entendíamos, expresar una emoción que antes permanecía contenida o reaccionar de forma diferente en una situación puntual.

Con el tiempo, esos cambios aislados comienzan a integrarse y transforman progresivamente la manera en que vivimos, nos relacionamos y enfrentamos los conflictos. Los cambios más profundos suelen ser también los más lentos.

A veces estamos cambiando sin darnos cuenta

Otra posibilidad es que los cambios ya estén ocurriendo, pero el paciente aún no logre reconocerlos porque sigue sintiendo dolor.

Es frecuente pensar que si todavía existe tristeza, ansiedad o angustia, entonces nada ha cambiado. Sin embargo, la transformación no siempre consiste en dejar de sentir. Cuesta ver que estar pudiendo "funcionar" a pesar con pena ya es un tremendo logro. Además, los cambios vienen posterior a una crisis; necesitamos que se desordene, que se muevan elementos para poder reordenar, y ese "desorden" suele verse como que están pasando muchas cosas malas. Por ejemplo: e paciente ve su relación como que "ahora estamos peleando más", sin reparar en que están pudiendo hablar, problematizar aquello que estaba normalizado y siendo tabú

Quizás hoy eres capaz de hablar de aquello que antes callabas.

Quizás estás poniendo límites donde antes no podías.

Quizás logras pedir ayuda.

Quizás continúas sintiendo tristeza, pero ya no permaneces paralizado por ella.

Incluso pasar de la rabia a la tristeza puede representar un avance, aunque subjetivamente se viva como un retroceso. La tristeza suele implicar un mayor contacto con el dolor y, muchas veces, constituye un paso necesario para poder elaborarlo.

El terapeuta, al observar el proceso desde fuera, suele identificar cambios que al propio paciente todavía le cuesta reconocer. Parte del trabajo consiste justamente en hacer visibles esos avances para que puedan integrarse como parte del proceso de cambio.

La psicoterapia es un proceso

En psicoterapia no buscamos únicamente que los síntomas desaparezcan lo antes posible. Buscamos comprender qué los originó, qué función han cumplido y desarrollar formas más saludables de enfrentar aquello que los mantiene.

Por eso, en ocasiones, sentirse vulnerable no es señal de que la terapia esté fallando. Puede ser la consecuencia natural de dejar de evitar aquello que durante mucho tiempo necesitó ser escuchado.

Muchos de nuestros comportamientos poco adaptativos y que nos generan malestar, han sido adoptados en el tiempo como LA forma que encontramos de lidiar con el problema, o con LA posición n que nos sentimos cómodos, a pesar de que esta genere daño y/o agotamiento. Por ello, es difícil soltarla e ir adoptando otra más sana. Hay que pensar que, por más disfuncional que algo sea, es la forma que conocemos de estar. 

Los cambios más profundos rara vez ocurren de un día para otro. Se construyen sesión tras sesión, a medida que logramos comprendernos mejor y desarrollar una manera distinta de relacionarnos con nuestra propia historia. Hay que tener presente que la gran complejidad de nuestra mente es que tenemos tendencia a repetir, a volver a lo "cómodo", por más dañino que esto sea.

​Muchas veces el primer cambio no es dejar de sufrir, sino comenzar a comprender aquello que nos hace sufrir. Y, aunque al principio parezca poco, suele ser el cambio que hace posibles todos los demás.

3. "Quiero dejar de sentir": la importancia de las emociones

"No quiero seguir sintiendo esto." Es una frase que escucho con frecuencia en psicoterapia. 

Lo queramos o no, estamos constantemente experimentando emociones. Algunas nos resultan

agradables y tendemos a buscarlas; otras generan malestar y hacemos todo lo posible por evitarlas.

Sin embargo, esto no significa que existan emociones "buenas" o "malas". Todas cumplen una función.

Entonces, ¿Qué son las emociones? ¿Para qué sirven? ¿Cuándo dejan de ser adaptativas?

¿Y cómo se trabajan en psicoterapia?

¿Qué son las emociones?

Las emociones son respuestas psicológicas y fisiológicas frente a aquello que vivimos. Nos informan

cómo nos afecta el entorno y qué está ocurriendo en nuestro mundo interno. Cumplen una función biológica, psicológica y social: nos preparan para actuar, favorecen la adaptación al medio, comunican nuestro estado emocional y orientan nuestra conducta.

Las emociones están siempre presentes, aunque no siempre se expresan de la misma manera. Su intensidad y la forma en que las vivimos dependen de múltiples factores, como nuestra personalidad, historia, experiencias previas y recursos para afrontarlas.

¿Y los sentimientos?

Aunque solemos utilizar ambos conceptos como sinónimos, no son exactamente lo mismo. Las emociones son respuestas relativamente breves e inmediatas frente a un estímulo. Los sentimientos, en cambio, corresponden a la experiencia subjetiva que construimos a partir de esas emociones y suelen mantenerse durante más tiempo. Son estados más estables y elaborados, relacionados con la manera en que interpretamos lo que vivimos.

No necesitamos dejar de sentir

Muchos pacientes llegan a terapia cansados de experimentar determinadas emociones. Quisieran dejar de sentir tristeza, miedo, rabia o ansiedad. Sin embargo, el objetivo no es dejar de sentir. De hecho, perder la capacidad de experimentar emociones sería profundamente perjudicial ya que las emociones nos entregan información, nos orientan respecto de lo que necesitamos y nos ayudan a responder frente a la realidad.

Si no sintiéramos miedo, probablemente no nos protegeríamos del peligro. Si nunca sintiéramos rabia, nos costaría poner límites. Si no sintiéramos tristeza, sería muy difícil elaborar las pérdidas.

Por eso, en psicoterapia no buscamos eliminar las emociones, sino comprenderlas, aceptarlas y aprender a relacionarnos con ellas de una manera más saludable.

Cuando sentir se vuelve un problema

Las dificultades aparecen cuando una emoción deja de cumplir su función adaptativa. Esto puede ocurrir cuando su intensidad es excesiva, cuando permanece durante demasiado tiempo, cuando aparece en situaciones que no lo justifican o cuando nos lleva a actuar de maneras que terminan perjudicándonos. Por ejemplo, la ansiedad nos prepara para enfrentar posibles amenazas, pero cuando aumenta hasta desbordarnos puede paralizarnos o desencadenar una crisis de pánico.

Lo mismo ocurre con emociones que solemos considerar agradables. La alegría, el entusiasmo o el deseo también pueden volverse problemáticos cuando pierden proporción con la realidad o favorecen conductas impulsivas o riesgosas. No son las emociones en sí mismas las que enferman, sino la forma en que las experimentamos, las regulamos y actuamos a partir de ellas.

¿Cómo intentamos regularlas?

Cuando una emoción resulta demasiado intensa solemos buscar maneras de disminuirla. Algunas estrategias son saludables: conversar con alguien, descansar, escribir, hacer deporte o pedir ayuda.

Otras, en cambio, alivian momentáneamente el malestar, pero terminan manteniéndolo o agravándolo. Entre ellas encontramos el consumo de alcohol o drogas, las autolesiones, el aislamiento, la impulsividad o incluso el exceso de trabajo.

También es frecuente que transformemos una emoción en otra que nos resulta más tolerable. Muchas veces, por ejemplo, detrás de la rabia existe una profunda tristeza. La rabia permite descargar tensión, dirigir la atención hacia el exterior y defendernos. La tristeza, en cambio, nos conecta con la pérdida, la vulnerabilidad y la necesidad de detenernos. Por eso, en psicoterapia, pasar de la rabia a la tristeza muchas veces constituye un avance, aunque inicialmente el paciente lo viva como un retroceso.

La función de la tristeza

Vivimos en una cultura que nos invita permanentemente a evitar el dolor. Sin embargo, la tristeza cumple una función fundamental. Nos ayuda a aceptar aquello que no podemos cambiar, favorece la introspección, permite elaborar las pérdidas e integrar las experiencias difíciles. Sentir tristeza no siempre significa estar deprimido; muchas veces significa simplemente estar respondiendo de manera saludable a una realidad dolorosa.

¿Cómo trabajamos las emociones en psicoterapia?

La terapia ofrece un espacio donde las emociones pueden desplegarse sin ser juzgadas. El primer paso consiste en identificarlas y ponerles nombre. Luego buscamos comprender qué las está provocando, qué función cumplen y qué intentan comunicar.

También exploramos las estrategias que hemos desarrollado para regularlas: cuáles favorecen nuestro bienestar y cuáles terminan manteniendo el sufrimiento.

Paralelamente, trabajamos sobre aquello que da origen a la emoción. No basta con aliviar el síntoma; buscamos comprender el conflicto que lo sostiene para favorecer cambios más profundos y duraderos.

Comprender para transformar

La palabra emoción proviene del latín emovere, que significa "poner en movimiento". Las emociones existen para movilizarnos.

Cuando podemos comprenderlas, dejan de convertirse en un obstáculo y pasan a transformarse en una fuente de información sobre nosotros mismos.

La psicoterapia ofrece justamente ese espacio: un lugar donde sentir no constituye un problema, sino el punto de partida para comprender nuestra historia, desarrollar nuevas formas de enfrentar la vida y relacionarnos de una manera más saludable con nosotros mismos y con los demás.

Para reflexionar: culpa, autoacepción y cambio

Escena para reflexionar sobre la voz interna que acompaña la baja autoestima, la culpa y la dificultad para aceptarnos a nosotros mismos.

 

En ella vemos a Jesse, un traficante con consumo problemático de sustancias, que carga con una profunda culpa por el daño que ha causado a otras personas.

Durante una sesión de terapia grupal, en el contexto de su proceso de rehabilitación, surge una reflexión que invita a cuestionar la forma en que nos hablamos, nos juzgamos y nos castigamos cuando sentimos que no merecemos ser perdonados.

Es una escena que ilustra muy bien cómo la culpa, la vergüenza y la baja autoestima pueden mantener el sufrimiento incluso cuando existe un genuino deseo de cambiar

Sobre este contenido:
Los artículos de este sitio han sido escritos por mí en base a mi formación y experiencia clínica. Los videos corresponden a material de terceros con fines psicoeducativos. Ninguno reemplaza una evaluación psicológica o un proceso de psicoterapia, ya que cada persona requiere una comprensión individual de su historia y circunstancias.

Bárbara Bornscheuer W.

  • Whatsapp
  • alt.text.label.LinkedIn

©2023 por Bárbara Bornscheuer W.. Creado con Wix.com

bottom of page